Cómo una salsa me preparó para una primera cita.
Invité a alguien especial a cenar. Cociné pasta con albóndigas, pero sentía que le faltaba… chispa. Recordé que tenía La Morrita en el refri y decidí arriesgarme. La serví aparte, sin avisar, como quien no quiere la cosa.
A la segunda mordida, me miró con sorpresa: “¿Qué es esta salsa? ¡Está brutal!”.
Le expliqué que era una mezcla fermentada de chiles y frutos rojos, con un dejo balsámico que parecía hecha para enamorar. Terminamos poniéndola en la pasta, el pan, incluso en la ensalada.
Esa noche aprendí dos cosas: que el amor llega cuando se comparte lo que te gusta… y que toda cena mejora con La Morrita en la mesa.
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